Basado en Hechos 14:1-7 (Versión Reina Valera 1960)
Aconteció en Iconio que entraron juntos en la sinagoga de los judíos, y hablaron de tal manera que creyó una gran multitud de judíos, y asimismo de griegos. Mas los judíos que no creían excitaron y corrompieron los ánimos de los gentiles contra los hermanos. Por tanto, se detuvieron allí mucho tiempo, hablando con denuedo, confiados en el Señor, el cual daba testimonio a la palabra de su gracia, concediendo que se hiciesen por las manos de ellos señales y prodigios. Y la gente de la ciudad estaba dividida: unos estaban con los judíos, y otros con los apóstoles. Pero cuando los judíos y los gentiles, juntamente con sus gobernantes, se lanzaron a afrentarlos y apedrearlos, habiéndolo sabido, huyeron a Listra y Derbe, ciudades de Licaonia, y a toda la región circunvecina, y allí predicaban el evangelio.
Mucha controversia abunda con el asunto de que, si somos salvos por obras o por gracia, y nada más. Y al ver la plenitud de la Palabra, podemos entender muy claramente que para llegar a ser salvos, hay tres cosas que deben pasar en una persona, las cuales son: el completo arrepentimiento y conversión de todos sus pecados, el aceptar y hacer literalmente por fe a Jesucristo su Señor, y el hacer la voluntad de Dios Padre (hacer buenas obras). Si estas tres cosas no se cumplen en una persona, no es posible que halla salvación, y lo explicaremos porque prácticamente es así.
Con respecto al arrepentimiento y conversión, todo el ministerio de Juan el Bautista se trato de preparar el camino del Señor, y todo su ministerio se trató del bautismo de arrepentimiento. Y fue puesto como bautismo no en esencia porque el agua en si es requisito, sino para poder dar a entender muy claramente lo que debe suceder dentro del corazón de una persona. Cuando uno se bautizaba, era por inmersión, entonces, nada de la persona quedaba seco, o sea, era algo total y completo, y, por cierto, era algo muy público, delante de todo el pueblo. Y el bautismo simboliza que era enterrado un ser y otro ser nuevo era levantado. Esto preparaba, y aún prepara hoy lo segundo, la fe en Cristo.
Cuando una persona se arrepiente y se convierte, entonces está preparada o lista para aceptar a un nuevo Señor, porque la verdad es que, por nuestros pecados, no nacemos siendo hijos de Dios, porque: Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios. Juan 1:12. Entonces, la cruda realidad es que, si no le pertenecíamos al Señor, entonces pertenecíamos a otro reino, al reino del enemigo. Pero cuando nos arrepentimos y nos convertimos, nos estamos efectivamente rebelando en contra de ese otro reino, y necesitamos volvernos al reino del Dios Altísimo, que solo puede suceder al aceptar y hacer literalmente al Señor Jesucristo nuestro Señor, porque: Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí. Juan 14:6. Y: Que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Romanos 10:9. Entonces, esto es lo que debe hacerse por fe, sin dudas, sin reservaciones, y vivir como tal, lo cual nos lleva a lo tercero, el requisito de hacer la voluntad del Padre.
¿Somos salvos por obras? En sí, no podemos ser salvos por nuestras obras por sí solas. O sea, una persona no se puede salvarse porque es buena, o porque hace buenas cosas y por nada más. Como lo vimos, tanto el arrepentimiento y la conversión de todos los pecados y la fe en Jesús como Señor es necesario para alcanzar la salvación. Pero, aquí viene la aclaración, como lo podemos leer en las Escrituras: Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas. Efesios 2:8-10. El todo de porque somos salvos por fe a través del Señor Jesucristo es para buenas obras. Toda la razón por lo cual fuimos rescatados de nuestra vana manera de vida es para volver al propósito original por lo cual fuimos creados, para servir a Dios. No fuimos creados, ni aun menos salvos, para entretenernos, o para vivir la vida como queremos, o para hacer nuestra voluntad, sino que fuimos creados y ahora, salvados a través de la fe en Cristo para hacer la voluntad del Padre. Esto dice la Palabra: No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Mateo 7:21. Por lo tanto, la persona que invalida la condición de Señor en su vida al buscar hacer y cumplir su propia voluntad solamente, por mucho que diga: Señor, Señor; no entrará en el reino de los cielos. La salvación es otorgada solamente a la persona que cumple el compromiso que hizo al aceptar al Señor Jesucristo como Señor. Y esto nos lleva a lo siguiente, a la relación directa que hay con el pasaje de hoy.
Lo que leímos hoy nos enseña de personas que estaban preocupadas por hacer la voluntad del Padre, a pesar de las circunstancias. El hacer la voluntad de Dios puede constar de ayudar a nuestro prójimo de una manera práctica, como esta escrito: Entonces el Rey dirá a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí. Mateo 25:34-36. Pero, el servicio mas grande que debemos dar a nuestro prójimo es compartir el Evangelio con ellos, para darles en lo mínimo, la oportunidad de ser salvos. Nosotros estamos supuestos a ser sal y luz en le mundo, como lo manda el Señor. Porque, ¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no fueren enviados? Como está escrito: ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas! Romanos 10:14-15. Nuestra única oportunidad de compartir el Evangelio es ahora, durante nuestra estadía temporal en este lugar, porque en el cielo, no vamos a necesitar evangelizar a nadie.
Pero, en fin, ¿puede compartir el Evangelio una persona que todavía no ha entendido ni comprendido el valor de la salvación? Este es el problema cuando un supuesto creyente no siente compartir el Evangelio, porque si no lo siente, es porque todavía no se ha hecho una realidad tal cosa en su vida. Y si tiene vergüenza, aún menos. Escrito esta: Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente, y también al griego. Romanos 1:16. Todos los que predicaban el Evangelio lo hacían porque lo entendían, y porque veían Su valor, y no les importaba sufrir lo que fuera, ni la persecución, ni la muerte, con la fe de que Dios veía lo que estaban haciendo. Entendían esto: Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Juan 3:16. Así que, ¿entiendes la parte que te toca cumplir para honrar al Dios que te amó hasta al punto de morir por ti? ¡Qué el Señor les bendiga! John ¡Dios bendiga a Israel!