Basado en Juan 1:1-13 (Versión Reina Valera 1960)

En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella. Hubo un hombre enviado de Dios, el cual se llamaba Juan. Este vino por testimonio, para que diese testimonio de la luz, a fin de que todos creyesen por él. No era él la luz, sino para que diese testimonio de la luz. Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció. A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron. Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.

¿De qué nos sirve saber que el unigénito Hijo de Dios, Jesucristo, es el Verbo y la Luz? Si no solamente aprendemos estas verdades, sino que, aún más importante, permitimos que se nos haga vida en nosotros, obtendremos más allá de lo necesario, obtendremos lo infinito de Dios. Todo el panorama de lo que Dios es se nos abriría y lograríamos obtener la fe que tanto necesitamos, obtendríamos las respuestas que van más allá de lo cotidiano, más allá de este mundo temporal e imperfecto.   

La Biblia nos enseña que este mundo es muy imperfecto y pasajero, que nada de lo presente durará, como está escrito: Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre. 1 Juan 2:16-17. Este es el primer vislumbre de la luz de Dios, que nos enseña la realidad de las cosas. Es muy posible que podamos entender esto porque lo vemos en todo. Los buenos momentos son pocos. Hay más tristeza y vacío, hasta poco después de haber vivido unos momentos de alegría. Todo pasa, y queda como un recuerdo. La vida del hombre en este mundo es como el agua que se nos escurre entre los dedos de la mano. La gran mayoría vive por obtener esas cosas que piensan que les darán alegrías y satisfacciones, pero a la hora que lo logran obtener, el vacío puede que vuelva aún más fuerte, más grande, más profundo, porque se da cuenta de que esta vida solo consta de vanidades ilusorias. Esto se dice no para crear un sentir de pesimismo y de tristeza, sino para que nos enfoquemos en lo que realmente vale la pena, en lo que verdaderamente necesitamos.

¿Qué es la respuesta que necesitamos para poder lidiar con esta realidad temporal? Lo primero es comprender que el Hijo de Dios es el Verbo, el cual hace todo lo visible e invisible posible, desde la infinidad del comienzo, el presente y lo que permanece eternamente. Dios creó todo a través de este Verbo eterno, y todo subsiste y sigue existiendo gracias a este Verbo, tanto lo presente como lo por venir. Esto dice la Palabra: Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él. Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten. Colosenses 1:16-17. Entonces, si todo fue hecho y es a través de El, podemos entender que, si le tenemos en nuestra vida, dentro de nuestro ser, no solamente tenemos lo eterno de Dios, sino que llegaremos a ser parte de Su naturaleza. A la hora en que la naturaleza de Dios viene a formar parte con nosotros, entonces, por Su gracia, obtenemos la eternidad, un principio, pero sin fin.

Ahora bien, ¿qué beneficio obtenemos en saber y creer que Jesús es la Luz? La Luz de Dios tiene muchos significados, pero creo que lo principal es la Luz de razonar las cosas de Dios, de la cual nace la verdadera fe. Sin la luz de Dios, es imposible tener fe. Y sin fe, es imposible agradar a Dios. Antes que viniera Cristo, el mundo estaba plenamente oscuro, e inclusive hasta el pueblo de Dios. Aunque hayan recibido la ley que es Santa y parte de Dios, Cristo fue el que trajo la luz de Dios al mundo. Dios hizo el más grande milagro. El tomó nuestra forma humana y vivió con el hombre. Dios habitó con el hombre, y vivió como nosotros, y sufrió como nosotros, y hasta murió como nosotros. No hay nada más grande en el universo, ningún hecho más sublime, que se humilló no solo para estar con nosotros, sino para lidiar con nuestro mal más grande, con nuestro pecado. Y venció la muerte para que nosotros podamos vivir para siempre. Esto es lo que aprendemos a través de la Luz de Dios, de Quién es Dios y lo que somos nosotros, y lo que Dios hizo para remediar nuestra condición. La luz divina es el conocimiento y el entendimiento de lo divino, pero que no solamente se quede en ese conocimiento y entendimiento, sino que debe llegar a comprenderse a tal punto que se haga una realidad en nosotros. Y esto es lo que produce la fe. Y la fe de Dios nos lleva a lo primordial, a que podamos llegar a ser hechos hijos de Dios. Nosotros no nacemos naturalmente como hijos de Dios. Somos Su creación, pero no somos Sus hijos. La Palabra nos enseña que hay una sola manera de poder ser hecho hijo de Dios y eso sucede como está escrito: Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios. Entonces, la luz del conocimiento de Dios nos ayuda a entender nuestra realidad, de que no le pertenecemos a Dios, pero también nos da la respuesta de cómo remediar nuestro problema, de que, si le recibimos y creemos en Su nombre, entonces somos hechos hijos de Dios.

El conocer al Verbo de Dios y la Luz de Dios nos lleva a toda verdad para que podamos vivir eternamente. Vamos a obtener todas las cosas de Dios y se harán realidad en nosotros cuando logremos vencer al mundo y toda tentación del enemigo a través de Cristo, como está escrito: Mas el que persevere hasta el fin, este será salvo. Mateo 24:13. Esto es lo que hace posible el Verbo y la Luz de Dios, el nacimiento y el crecimiento de la fe divina, la convicción y la paciencia que soporta toda aflicción, toda tentación y hasta toda tribulación. Finalmente, el Verbo y la Luz de Dios es lo que lleva a una persona a cumplir el mandamiento supremo de Dios por toda la eternidad, como dice lo siguiente: Y uno de ellos, intérprete de la ley, preguntó por tentarle, diciendo: Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley? Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas. Mateo 22:35-40. La única manera de que una persona pueda venir a conocer al Verbo y la Luz de Dios es cómo mismo lo enseñó el Señor, al nacer del agua y del Espíritu, a través del arrepentimiento y conversión de todo pecado, y de recibir a Jesús como el Señor de su vida. Así que, ¿conoces al Verbo y la Luz de Dios íntimamente? ¡Qué el Señor les bendiga! John ¡Dios bendiga a Israel!

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